Comprendiendo las Intenciones de la Misa

Parte de la tradición Católica incluye “decir una Misa” por una intención particular. Yo estoy muy familiarizado con esta práctica porque, como sacerdote, soy el que dice la Misa en cuestión! Me he dado cuenta de que muchos católicos no están familiarizados con esta práctica y aquellos que lo están no la comprenden realmente. Este artículo pretende aclarar cualquier confusión y ayudarnos a comprender cómo la Eucaristía es un regalo para toda la humanidad.

Antes de comenzar, trataremos un punto en cuanto a terminología. El nombre apropiado para el sacramento del que estamos hablando es Eucaristía. En términos Católicos Romanos, solemos referirnos a la ceremonia de la Eucaristía como la “Misa”. Esta palabra viene del Latín “missa”, que se encuentra en las palabras finales del ritual en su versión en latín, donde el ministro declara “Ite, missa est” (Podemos ir en paz). El término “Misa”, entonces, es específico de la tradición Romana (latín): la tradición bizantina (como los griegos ortodoxos o la católica griega de Melkite) se refiere a la Eucaristía como la Divina Liturgia, no la “Misa”. Lo más importante para recordar es que nos referimos fundamentalmente al sacramento de la Eucaristía.

El comienzo: La Última Cena

Para comprender la Eucaristía (y en particular la tradición de las intenciones de la Misa) necesitamos volver al comienzo. La Eucaristía fue instituida en la Última Cena. Durante esa cena, Jesús tomó pan y declaró que ese era su Cuerpo, tomó vino y declaró que esa era su Sangre. También mandó a sus discípulos que “hagan esto en memoria mía”. Cada Misa es nuestra forma de permanecer fieles a este mandamiento.

Sin embargo, la Misa es más que una simple ceremonia para recordar. Cuando Jesús habló del pan, declaró que era su Cuerpo, “que será entregado por vosotros”. Cuando habló de su Sangre declaro que es “Sangre de la Alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros”. Estas son claras referencias de lo que iba a pasarle a El en las siguientes 24 horas, es decir su muerte en la Cruz. Por consiguiente la Eucaristía no puede ser comprendida separada del sacrificio de Jesús en la Cruz.

El hecho de que la muerte de Jesús fue un sacrificio se entiende claramente de las palabras de la Biblia. La carta a los Hebreos dedica largos pasajes a cómo el ofrecimiento de la Sangre de Jesús es el sacrificio definitivo que pone fin a todos los otros. Es interesante recalcar que esta carta también refleja cómo Jesús fue y es un nuevo tipo de sacerdote, de la orden de Melquisedec, quien vivió durante el tiempo de Abraham. Cuando Abraham se encontró con Melquisedec luego de ganar una importante batalla, este “sacerdote del Dios Altísimo” ofreció un sacrificio de acción de gracias, usando pan y vino. No es casualidad, entonces, que Jesús asoció estos elementos particulares con su propia muerte, y esta asociación pone de manifiesto la naturaleza de sacrificio de su muerte más claramente.

La Misa es un sacrificio

Hoy, cuando celebramos la Eucaristía, estamos celebrando un sacrificio. No es la repetición del sacrificio de Jesús en la Cruz, como si Jesús fuera sacrificado una y otra vez. Tampoco es un sustituto de ese sacrificio. La Misa, crease o no “es” el sacrificio de Jesús en la Cruz, adelantado al tiempo presente.

¿Cómo es esto posible? Para comprender esto, necesitamos recordar que la Última Cena no fue cualquier cena: fue una Cena de Pascua, celebrada como parte de la tradición judía. La cena de Pascua era en si misma un recuerdo de los eventos alrededor de la persecución de la gente en Egipto y, en particular, su liberación por Dios.

De acuerdo a la teología judía, sin embargo, cuando la Pascua era celebrada no era que simplemente la gente llevaba su atención al pasado, sino que esos eventos del pasado eran adelantados al presente a aquellos que comían esta comida. Uno podría decir que, comiendo la Pascua, los descendientes de los judíos estaban en efecto caminando a través del Mar Rojo con sus ancestros en una forma mística.

Jesús instituyó la Eucaristía con una comida que fue un memorial. El también dijo explícitamente que el uso del pan y vino sería hecho por siempre como un memorial, en este caso, del sacrificio de su Cuerpo y su Sangre. En la Misa, el Espíritu Santo transforma el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esto efectivamente abre un salto en el tiempo en el cual el sacrificio de Jesús es místicamente adelantado para ser presentado a nosotros. Cuando estamos presentes en la celebración de la Eucaristía, no estamos meramente llevando nuestra atención al pasado: estamos realmente adelantando al presente el momento más fundamental de la historia humana.

El poder del sacrificio

El Nuevo Testamento es muy claro en cuanto a que la muerte de Jesús en la Cruz no fue una derrota sino un momento de poder. El evangelio de Juan menciona como, en su muerte, Él “entregó el espíritu”: esto se refiere a su alma dejando su cuerpo, por supuesto pero también tradicionalmente es visto como dando el Espíritu Santo al mundo. En otras palabras, los eventos de Pentecostés, cuando nació la Iglesia, fueron preparados por su muerte en la Cruz. Otras narrativas de la pasión de Jesús describen un terremoto, que se oscureció el Cielo, y que se rasgó el velo del Templo, e incluso la resurrección de algunos muertos. Algunos estudiosos de la Biblia creen que estos hechos no ocurrieron realmente, pero que son descriptos en una forma de literatura bíblica. Incluso si esto fuera verdad, no cambia el hecho de que los autores de estos pasajes definitivamente vieron la muerte de Jesús en la Cruz como un momento fundamental de sacrificio donde estaba trabajando el poder divino.

¿Quien se suponía que se beneficiaría con este sacrificio? Todos nosotros. “Jesús murió por nosotros” como dice la frase. Dicho esto, hay un pequeño problema declarando esto: nosotros no estábamos ahí cuando el sacrificio se ofreció. Ni siquiera existíamos. ¿Cómo puede este sacrificio haber sido por nosotros? ¿Cómo es el poder de ese sacrificio hecho real por nosotros ahora en el siglo 21? La respuesta se encuentra en el concepto de “memorial” descripto anteriormente. Jesús no solo murió en la Cruz, también nos dio un mecanismo (la Eucaristía) por medio del cual el sacrificio podía ser sacramentalmente adelantado al futuro. Gracias a esto, los frutos de ese sacrificio, el poder divino en otras palabras, se vuelve inmediatamente relevante a aquellos que como nosotros (como tú y yo) aparecemos en escena siglos después.

El corazón de la Misa: la Plegaria Eucarística

Nosotros vemos todo este movimiento de gracia en la Plegaria Eucarística, la cual es en realidad el corazón de cada Misa. Hay muchas formas de Plegaria Eucarística, pero a modo de ejemplo podemos usar la segunda oración encontrada en el uso Romano. Comienza con estas palabras:

Santo eres en verdad Señor, fuente de toda santidad; por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo, Nuestro Señor.

Noten la invocación al Espíritu Santo cuya presencia es absolutamente necesaria para dar ese salto en el tiempo y hacer de la Misa algo más que solo un gesto simbólico.

El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:
“Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”.

Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo:

“Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.

Estas son las críticas “palabras de institución” que recuerdan la Última Cena en sí misma. Através de ellas el pan y el vino, sobre el cual el Espíritu Santo ya fue invocado, son cambiados en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Estas mismas palabras hacen clara la asociación del Cuerpo y la Sangre con la Cruz como así también el hecho de que este sacrificio está siendo asociado con un memorial (en el sentido judío del mismo).

Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación, y te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia.

Luego de las palabras de institución viene una simple plegaria de ofrecimiento. Cuando un animal era sacrificado en el ritual religioso, se decía una plegaria para ofrecer el sacrificio a Dios. Cuando Jesús estaba en la Cruz, el mismo se encargó de esto (esta es la razón por la que decimos que Jesús fue ambas cosas, sacerdote y víctima en esta situación). Sin embargo, mientras que en la Misa su Cuerpo y su Sangre están presentes, su voz real no se escucha haciendo este ofrecimiento. La plegaria de ofrecimiento, entonces, es hecha por el sacerdote actuando en la persona de Cristo. De hecho la Plegaria Eucarística es ofrecida en una forma sacerdotal, razón por la cual es reservada casi en su totalidad al sacerdote.

Sin embargo, lo que es de particular interés para nuestro tema en este artículo es lo que sigue a continuación. Recuerda que el sacrificio de Cristo liberó el poder divino en el mundo. La Misa adelanta este sacrificio en el mundo, y la siguiente plegaria (llamada de “intercesión”) sirve para aplicar los frutos de ese sacrificio por intenciones particulares.

Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo.

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra; y con el Papa N., nuestro Obispo N. y todos los pastores que cuidan de tu pueblo, llévala a su perfección por la caridad.

Acuérdate también de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección, y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro.

Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas.

¡Estas son oraciones poderosas! Le pedimos al poder divino del sacrificio Eucarístico que lleve a cabo un número de cosas, tales como:

  • Que junte en unidad a todos los que compartimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo
  • El crecimiento en el amor de la Iglesia
  • La entrada en el Cielo de todos aquellos que murieron con la esperanza de la resurrección.
  • Hacer “dignos” (justificación y santificación) del pueblo de Dios.

Esto es, en resumen, lo que la Misa hace: adelanta en el tiempo el sacrificio de Jesús en la Cruz, y pide que los frutos de este sacrificio se apliquen de acuerdo a cierto conjunto de intenciones.

¿Y qué hay de las intenciones específicas?

Mientras que cada Plegaria Eucarística menciona ciertas intenciones (de las cuales no todas son comunes a cada Plegaria Eucarística), estas tienden a ser generales. No se hace mención, por ejemplo, de un requerimiento de que los frutos del sacrificio de Cristo se apliquen a ayudar a alguien a encontrar un trabajo, pasar un examen, recuperarse de una cirugía, o lo que sea. A la vez, estos pueden ser perfectamente requerimientos que vale la pena mencionar. ¿Donde es apropiado mencionarlos?

Primero de todo, la Plegaria Eucarística generalmente contiene una adición opcional a las plegarias de intercesión para recordar individuos específicos que hay muerto. La Plegaria Eucarística II mencionada anteriormente, por ejemplo, permite al sacerdote agregar este pasaje:

Recuerda a tu hijo/a N., a quien llamaste de este mundo a tu presencia; concédele que, así como ha compartido ya la muerte de Jesucristo, comparta también con él la gloria de la resurrección.

La primer Plegaria Eucarística, también llamado Canon Romano, incluso permite que se mencionen varios nombres:

Acuérdate también, Señor, de tus hijos N. y N., que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz. A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz.

El Canon Romano es la única entre las plegarias Eucarísticas que permite una conmemoración de los miembros vivos de la Iglesia:

Acuérdate, Señor, de tu pueblo, especialmente de aquellos por quienes te pedimos, N. y N.

El valor pastoral de mencionar una intención específica de esta forma no debe ser subestimado. De la misma manera, los frutos de la Eucaristía no están solo limitados a aquellas cosas que se mencionan específicamente en la Plegaria Eucarística. La oración inicial de la Eucaristía ha sido tradicionalmente llamada “colecta”, porque en ese momento el sacerdote se dice que “recolecta” todas las intenciones de oración de todos los presentes en esa Misa. Esta es la razón por la cual algunas colectas tienen en si mismas un foco especial. La colecta para una Misa por un difunto, por ejemplo, expresa una intención especialmente articulada para el difunto.

Existen colectas de foco especial para todo tipo de situaciones: para la bendición del trabajo, para la productividad de la tierra, por la paz (incluyendo usos especiales en momentos de guerra o disturbio civil), en tiempos de desastres naturales, por varias necesidades de la Iglesia, y demás.

Por lo tanto existe un balance especial dentro de la estructura de la Misa. Por un lado, le pedimos a Dios que aplique los frutos del sacrificio de Jesús a todo tipo de situaciones de acuerdo a amplias categorías; por otro lado, podemos incluir menciones específicas de intenciones particulares cercanas a nuestro corazón.

Los estipendios de la Misa y otras cuestiones delicadas

En este punto debemos discutir un tema que es incómodo para mucha gente: la ofrenda por una intención particular. Como fue mencionado anteriormente, es posible incluir una intención particular entre las intenciones de una Misa. Los fieles cristianos usualmente piden a los sacerdotes “Padre, por favor recuerde esto o aquello en la Misa hoy”. En teoría no hay problema con esto: para repetir un ejemplo que ya hemos visto, la estructura del Canon Romano permite en si mismo la inclusión de múltiples nombres en una forma explícita.

Sin embargo, donde el asunto se torna delicado es en el hecho de que una pequeña donación está asociada con el requerimiento de la intención. En su raíz, se supone que esta donación debe ayudar a proveer por las expensas relacionadas a la celebración de la Misa. Después de todo, alguien tiene que pagar por el pan y el vino usados en la Misa. Sin embargo va más allá de esto. Después de todo, la Misa también requiere libros, velas, manteles para el altar, estos gastos pueden ser prorrateados entre varias Misas. ¿Y que hay del edificio donde se ofrece la Misa? Los edificios son caros de mantener, después de todo. La donación por una Misa ayuda a cubrir los gastos reales no solo de esa Misa en particular sino toda la infraestructura relacionada a una celebración digna de la Eucaristía. Como tal pedir una donación no es injusto: después de todo, si usted quiere una intención especial sea recordada en una Misa, debe haber una Misa en primer lugar. La donación es simplemente una forma de ayudar a llevarla a cabo.

Sin embargo, con esto viene un problema especial: el estipendio. Si el costo total de la infraestructura de la Misa fuera distribuido simplemente entre las Misas realmente ofrecidas, el costo individual de una Misa sería tan alto que los pobres nunca podrían tener una Misa ofrecida por una intención particular. Ofrecer una Misa por una intención particular podría tornarse fácilmente en una cuestión de estatus social, una perversión de su significado intrínseco, si es que hubo alguno. Para resolver este problema, las comunidades eclesiásticas recolectan el dinero que necesitan para la vida litúrgica en otras formas, por ejemplo a través de cuotas parroquiales, o por medio de la colecta de los domingos. Debo hacer notar que esto no resuelve el problema en su totalidad, porque tiende a significar que aquellos que no asisten regularmente a la Misa dominical pero requieren servicios particulares como un bautismo, una boda, un funeral están efectivamente siendo subsidiados por aquellos que practican regularmente: no es una situación totalmente justa tampoco, pero es mejor que tener una división basada en las clases sociales.

Existe otro problema especial, el cual es más delicado. Uno de los gastos asociados a la celebración de la Misa es el gasto de tener un sacerdote. Los sacerdotes tienen que comer. Necesitan vestimenta y un techo sobre sus cabezas. Necesitan ser preparados, e idealmente deben mantenerse actualizados en esta preparación. El estipendio para la Misa también ayuda al sacerdote a vivir. Como usted se puede imaginar este sistema puede ser fácilmente abusado. Por ejemplo, ¿cuánto se le permite “cobrar” a un sacerdote por ofrecer una Misa? Si se debe incluir más de una intención en una celebración particular, ¿se mantiene el “costo” por cada intención? (y esto abre una puerta particular para la tentación de tener muchas intenciones pagas por Misa) . Que hay del riesgo de que un sacerdote se vuelva un robot que dice Misas, ofreciendo muchas Misas en un mismo día solo con la intención de recolectar más estipendios?

Desafortunadamente todos estos abusos han ocurrido. De hecho fueron parte del motivo de la Reforma Protestante. Mientras Martín Lutero amaba la Eucaristía, la renombró “Cena del Señor” y dijo esto sobre la “Misa”:

Ya que han surgido en todo el mundo tales incontables e indecibles abusos con la compra y venta de Misas, se tendría razón en abandonarla solamente para evitar tales abusos, aun cuando tuviese en sí misma algo de útil y bueno… Que la Misa no es ni puede ser otra cosa que una obra de los hombres (celebrada también por perversos indignos) … Artículos de Esmacalda, Parte II, Artículo II

La Iglesia Católica no dejó de ofrecer la Misa, por supuesto, pero ha tratado de abordar el problema en una variedad de formas.
Primero de todo, todos los pastores están obligados a ofrecer una Misa por semana por las intenciones de los feligreses. El pastor no recibe nada a cambio: es su regalo para esta gente, quienes saben ahora a cambio que sus intenciones son agregadas a esta gran “súper – intención”. La Misa por esta intención se celebra el domingo, para que la mayor cantidad de gente pueda participar en ella.
Luego, se requiere que los obispos de una provincia eclesiástica establezcan un monto sugerido por el estipendio de las Misas. Este monto es típicamente muy bajo, de manera que es meramente simbólico al monto requerido para permitir celebrar la Misa en primer lugar. Por ejemplo aquí en Montreal y en las diócesis aledañas, el estipendio por Misa es de 5$. Sin embargo si una persona contribuye más, también es nuestra práctica que la parte que corresponde al sacerdote es un tope de 5$. Una persona puede elegir donar 500$ a la parroquia por una intención particular de Misa, pero el sacerdote igualmente recibe solo un máximo de 5$.

Para evitar el abuso de la multiplicación de Misas, la ley canónica normalmente previene al sacerdote de decir más de una Misa al día. Igualmente puede haber casos donde las necesidades pastorales requieren que un sacerdote ofrezca dos o tres Misas, y en estas situaciones la ley canónica deja claro que el sacerdote solo puede beneficiarse de una Misa por día.

También, para prevenir el abuso de la multiplicación, no de Misas, pero de intenciones pagas en una sola Misa, la ley canónica normalmente requiere que no haya más de una intención paga por Misa. La Eucaristía después de todo se supone que debe ser una forma de acceso al sacrificio de Cristo. Restringiendo las Misas a solo una intención paga, se preserva el sentido de responsabilidad requerido para hacer la Misa posible, mientras que a la vez previene que las Misas se transformen en una forma de recaudar fondos.
Finalmente, la ley canónica ciertamente permite que las Misas se ofrezcan incluso si no existe una intención paga, y en ciertos casos, esto es incluso moralmente requerido. Por ejemplo, si una persona realmente no puede pagar el mínimo estipendio por la Misa, sería considerado un abuso de parte del sacerdote rehusarse a ofrecer la Misa por la intención especial de la persona. Es decir que los pobres nunca deberían estar excluidos de la fuente de gracia que es la Eucaristía.

Ofreciendo una Misa por una intención

Supongo que los lectores de este artículo en este punto se preguntan cómo puede su intención de Misa ser asociada con la Eucaristía. Por supuesto, estamos invitados a orar a Dios en todo momento por cosas que nosotros (y otros) necesitan, y esto puede (y debería) ser hecho fuera del contexto de una Misa. Dicho esto, dado que la Eucaristía es el momento por excelencia donde el poder divino es traído a nuestras vidas, también es perfectamente normal que nosotros quisiéramos que estas intenciones sean asociadas a la celebración de la Eucaristía de una manera especial. De hecho sería extraño si una persona quisiera que Dios oiga sus peticiones, pero a su vez se rehusara a presentar estas peticiones dentro de la Eucaristía: sería una real contradicción.
Cómo puede una persona, entonces, asociar sus intenciones con el poder del sacrificio de Jesús como se encuentra en la Eucaristía?
El método más simple es el más obvio: vaya a Misa! Lleve la intención en su corazón de camino a la Iglesia. Silenciosamente ofrezca su intención en la colecta, en el momento de silencio luego de que el sacerdote dice “oremos”.

Incluso si nadie ha oído físicamente la intención o siquiera sabe que existe, ésta ya ha sido puesta sobre el altar de una manera espiritual. Cuando recibes la Comunión, completando así tu participación en el sacrificio de la Eucaristía, tu intención se abre a la plenitud del poder que la Eucaristía representa.

Que sucede si no puedes ir a Misa tu mismo, o si por alguna razón estás restringido de recibir la Comunión? Felizmente la Iglesia no es una comunidad de extraños, sino de hermanos y hermanas quienes son llamados regularmente a rezar unos por otros. Nada impide que le pidas a alguien que ofrezca la intención por ti, haciendo así que tu intención se haga suya (y por lo tanto abierta a la gracia que se derrama en la Comunión). Cualquier católico puede ser un buen intercesor de esta manera, y es una hermosa de forma de expresar la realidad de que cada cristiano es llamado a ser parte del pueblo sacerdotal de Dios. La gente usualmente hace este tipo de pedidos particulares al sacerdote mismo. Esto puede ser por un número de razones, asumiendo que sea apropiada, el sacerdote puede anunciar estas intenciones a la comunidad, invitando así a otros en este movimiento de oración.

De hecho, una muy simple forma de asociar una intención a la Eucaristía se aproximarse uno mismo a la parroquia. La mayoría de las parroquias modernas tienen un sistema para recibir intenciones de la gente, y usualmente no es más complicado que llamar o visitar la oficina de la parroquia para hacer el pedido. La persona que hace el pedido tiene la oportunidad de hacer una donación (razones por la cual han sido descriptas), y usualmente un pequeño regalo (como una tarjeta de Misa) se recibe como indicador concreto de que la intención ha sido recibida. En efecto, una de las ventajas de este enfoque es que se puede reservar una fecha particular para esta intención, permitiendo así a la gente que venga y presencie la Misa de una forma especial. Por ejemplo, si una Misa por una intención particular es por el descanso eterno de un alma, tal vez a miembros de la familia o amigos les gustaría presenciarla, tener una fecha establecida con antelación permite que tome lugar esta oportunidad espiritual.

Como punto final, quisiera mencionar lo importante que es rezar por cada intención que llevamos en nuestro corazón. Pedir a otros que acerquen nuestras intenciones a la Eucaristía vale la pena, pero debemos evitar convertirlo en un pasamanos espiritual. Si no puedes presenciar la Misa a la cual la intención particular es ofrecida, valdría la pena espiritualmente dedicar un tiempo especial de oración para asociarte a ti mismo con ese ofrecimiento, incluso si es a distancia. Si es posible podrías requerir la Comunión fuera de la Misa para completar el ofrecimiento, no importa para este propósito si esa hostia no fue consagrada en esa Misa donde las intenciones fueron ofrecidas, dado que cada hostia consagrada es el Cuerpo de Cristo como cualquier otra. Finalmente, debería remarcar que incluso si tu no puedes asistir a Misa personalmente o encontrar a alguien que ofrezca la intención en una Misa por ti, no olvides que (como hemos visto) cada Plegaria Eucarística menciona distintas intenciones globales entre las cuales tu intención probablemente encuadre. Ofreciendo tus necesidades y peticiones en una forma Eucarística es posible incluso fuera del contexto de una Eucaristía específica, y de hecho cada vez que rezamos deberíamos presentar nuestras necesidades ante el Señor con un corazón Eucarístico.