La historia de la muerte de mi hermano

Siempre he pensado mejor cuando escribo, y la muerte de mi querido hermano menor Chris me ha dado mucho en qué pensar. La cuestión es que: su vida tuvo significado, y también su muerte. Escribo esto para compartir algunas reflexiones sobre ese significado.

Para los que no conocen el contexto, Chris fue diagnosticado con Esclerosis lateral amiotrófica, también conocida como ELA. Esta enfermedad implica la muerte de las neuronas motoras del sistema nervioso conduciendo a una parálisis gradual. Es 100% fatal. No sabíamos cuántos años más tendría Chris cuando tuvimos el diagnóstico. Resultó que fueron casi tres.

Chris decidió desde el principio que quería que algo bueno resulte de su enfermedad, así que se inscribió en todos los estudios médicos para los que era elegible. También decidió que, si bien podía morir de ELA, eso no iba a definir su vida. Aun cuando sus piernas empezaron a ceder, hizo un viaje a Alemania para ver a nuestra familia allá. Cuando sus dedos y su voz cedieron se comunicó con nosotros a través de su tableta y un dispositivo de rastreo que le permitía escribir con sus ojos. Aun cuando su respiración empezó a ceder, él podía todavía asentir y sonreír, y decir muchísimo con sus cejas.

Recuerdo hablar con mi hermana Miriam hace solo unos meses, y contarle lo asombrado que estaba de nuestro hermano que seguía adelante valientemente. Ella lo resumió en una oración: "Chris tiene mucho por que vivir". Hay que tener en cuenta que, en aquel momento, nuestro hermano estaba pegado a una silla de ruedas, siendo alimentado a través de un tubo. Y sin embargo, tenía mucho por que vivir. Su mayor alegría era estar con gente, especialmente con su familia y amigos. Ellos eran por lo que él vivía.

Aun así, Chris sabía que la muerte era una certeza. Todos lo sabemos, por supuesto, pero es otra cosa poder nombrar la causa de nuestra muerte y tener un plazo para el desenlace. Desde el principio, Chris se aseguró que todos supiesen que no tenía intención de pedir la eutanasia, una opción permitida en la sociedad, pero que nuestra fe católica rechaza. Las personas generalmente eligen la eutanasia como una forma de evitar el sufrimiento asociado a enfermedades graves, y la ELA fue una de las enfermedades más comúnmente invocadas cuando Canadá estaba considerando permitir esta posibilidad. En el caso de mi hermano, este sufrimiento fue más teórico al principio, pero a medida que pasó el tiempo se hizo cada vez más real. Estoy orgulloso de la valentía de mi hermano por mantenerse firme en sus intenciones, sin embargo, ahora también puedo ver lo que cuesta ese coraje. Aquí no hay lugar para el triunfalismo, solo una gran compasión por aquellos que toman una decisión consistente con la ética católica, y por aquellos que, ante el sufrimiento que pueden encontrar carente de sentido, eligen lo contrario.

La progresión de la enfermedad estaba afectando lentamente la respiración de Chris. La debilidad de su diafragma significaba que eventualmente necesitaría una máquina BIPAP para ayudarlo a dormir, y luego prácticamente todo el tiempo. Su incapacidad para toser correctamente también significaba que la porquería eventualmente comenzaría a acumularse en sus pulmones. El pobre Chris tendría ataques de tos que durarían horas y horas. Estos podían calmarse con morfina, pero el problema subyacente no se iría.


 

Finalmente, Chris tuvo que usar una bomba de morfina que administraba una dosis bastante regular. La morfina le permitió descansar, pero, por supuesto, también hizo que se adormeciera. Sabía también, por mi tiempo como capellán de cuidados paliativos hace años, que la morfina además tiene efectos secundarios que pueden acortar la vida. Algunos podrían preguntarse si eso en sí mismo fue una especie de eutanasia, pero no es así. En la ética católica llamamos a esto principio de doble efecto, lo que básicamente significa que puedes realizar una acción que es moralmente buena (o al menos moralmente neutral) que pudiese tener un efecto secundario negativo siempre y cuando tu intención haya sido la parte buena de la acción, no la parte negativa, y que lo bueno supere a lo negativo. En el caso de Chris, la acción era darle medicamentos (morfina). El beneficio fue el alivio del sufrimiento y lo negativo fue el acortamiento de la vida, aunque probablemente solo por días o incluso horas. Entonces, lo bueno superó a lo negativo y, desde luego, no estábamos tratando de acortar su vida, solo paliar el sufrimiento.

El declive de Chris en los siguientes días fue marcado. Su respiración era más superficial y su ritmo cardíaco comenzó a aumentar. Estaba con nosotros cada vez menos, y podíamos ver el esfuerzo en su rostro mientras intentaba respirar, incluso con la máscara BIPAP puesta. El día que murió, su corazón latía tan rápido que corría peligro de sufrir un paro cardíaco. Era hora de decir adiós.

Recuerdo un episodio cuando era capellán del hospital, entré en una habitación justo cuando un médico intentaba explicarle a una mujer la condición crítica de su esposo. Lo escuché decir: "Lo siento, no hay nada más que podamos hacer". Luego me miró y se volvió hacia ella diciendo: "Ahora es su turno". A eso nos enfrentábamos ahora: un cambio de la inmediatez de la atención médica al cuidado espiritual de mi hermano y su familia.

Chris siempre quiso quedarse en casa, y así lo hizo. La familia ahora estaba reunida allí: su esposa y sus tres hijas junto con nuestra madre, nuestra hermana y yo. Un par de novios de las chicas también estuvieron presentes como apoyo moral. Comenzamos dándole a cada uno la oportunidad de pasar tiempo a solas con Chris. No había una fórmula establecida: cada uno tenía permiso para decir lo que quería decir, o para no decir nada en absoluto. Podíamos ir individualmente o acompañados. Tampoco había un orden especial: íbamos cuando nos sentíamos listos.

Este proceso muy humano tomó aproximadamente una hora. En ese momento llegaron los médicos, y la enfermera preparó sedantes adicionales para que Chris estuviese cómodo. Luego nos reunimos para un tiempo de oración, incluido el personal médico. Le di a Chris la unción de los enfermos y recé el Perdón Apostólico. Para aquellos que no están familiarizados con estos rituales, estos están destinados a fortalecer el alma de la persona enferma y a eliminar cualquier efecto persistente de pecado, para que puedan pasar de la muerte a la vida eterna sin obstáculos, sin pasar por el purgatorio y dirigiéndose directamente al cielo. Las palabras del Perdón Apostólico me parecieron especialmente conmovedoras:

Por los santos misterios de nuestra redención, que Dios Todopoderoso te libere de todas las penas de la vida presente y venidera, y que Él te abra las puertas del Paraíso y te admita al gozo eterno.

Por la autoridad que la Sede Apostólica me ha dado, te concedo la indulgencia plenaria y la remisión de todos tus pecados; en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Terminadas estas oraciones después de unos 10 minutos, los médicos removieron la máscara que Chris usaba para respirar. La muerte era ahora inevitable. De nuevo, algunas personas podrían preguntarse si este nuevo paso fue, de hecho, un acto de eutanasia. En nuestro entendimiento católico, sin embargo, no lo es. El cuerpo está diseñado para mantenerse vivo a través de nuestros propios poderes humanos. La tecnología puede extender esos poderes, pero si se elimina, es simplemente la naturaleza siguiendo su curso. Chris, que se había opuesto tanto a la eutanasia, también nos había dicho que estaba de acuerdo con que tomáramos este camino llegado el momento. Él conocía la diferencia.

Le había explicado a mi familia que la primera serie de oraciones que acabábamos de hacer era por él como hombre vivo, para fortalecerlo y prepararlo para su viaje final. Ahora estábamos en un espacio sagrado compartido. Luego cambié a oraciones conocidas como La entrega de los moribundos a Dios (Recomendación del alma) que, como le expliqué a mi familia, eran nuestra forma de acompañar a Chris en esta etapa final de su viaje. Las oraciones consisten en varios pasajes de la Biblia en una especie de arreglo poético, junto a unas cuantas oraciones. Yo hablé la mayor parte del tiempo, leyendo en voz alta las palabras, aunque admito que me trabé cuando llegué a esta oración:

Yo te encomiendo, mi querido hermano,

a Dios Todopoderoso,

y te confío a tu Creador,

para que vuelvas a Él,

que te formó del polvo de la tierra.

Que al dejar esta vida

la Virgen María, los ángeles y todos los santos

salgan a tu encuentro.

Que Cristo que fue crucificado por ti,

te conceda libertad y paz.

Que Cristo que murió por ti,

te admita en el jardín de su Paraíso.

Que Cristo, el verdadero Pastor,

te cuente como uno entre su rebaño.

Que puedas contemplar cara a cara al Redentor,

Y gozar de la visión de Dios por siempre.

R. Amén.

Fueron las palabras iniciales, "Yo te encomiendo, mi querido hermano", lo que me desconcertó. En nuestras oraciones católicas nos llamamos hermano y hermana todo el tiempo... pero en este caso, lo decía por mi propio hermano. Me tomó por sorpresa y necesitaba un poco de descanso. Mi sobrina Maya se hizo cargo, recitando uno de los salmos. ¿Y por qué no? Estas oraciones están abiertas a todos para orar.

La recomendación del alma continuó durante unos 15-20 minutos, como una canción de cuna para él, mientras se dormía a la eternidad. La Biblia, de hecho, describe la muerte cristiana como un "quedarse dormido" y podíamos verla con nuestros propios ojos. Chris continuó respirando durante unos minutos después de retirar la máquina, suavemente y sin esfuerzo. Finalmente, disminuyó a algo imperceptible, y no mucho después de que el médico escuchó los latidos de su corazón. La muerte tuvo lugar alrededor de las 5:15 p.m. O debería decir, la entrada a la vida eterna tuvo lugar en ese momento.

Comenzamos el proceso de llamar a las personas para informarles, y mantuvimos la vigilia con el cuerpo de Chris hasta que llegó la funeraria. Hice la señal de la cruz en su frente en cierto momento. Era mi forma de honrar su cuerpo que había sido un templo del Espíritu Santo durante 48 años.

Habrá más por venir, por supuesto. Recibiremos personas en las horas de visita en la funeraria y en la iglesia para la misa de difuntos. También nos reuniremos en el cementerio, donde Chris será enterrado en la parcela familiar junto a nuestro padre. Sabemos también que muchas personas están rezando por nosotros y ofreciendo misas por el descanso del alma de Chris. Aunque para ser sincero, me encuentro maravillado ante lo que ya hemos recibido. "Chris tenía mucho por que vivir", como dijo una vez mi hermana, y no sólo eso: su muerte también estuvo llena de significado. Veo a mi familia ahora, unos días después, y veo que todavía estamos tristes, pero también consolados.

Comparto esta historia porque sé que no todos somos tan bendecidos como para vivir y morir de esta manera. Tuvimos la oportunidad de despedirnos y acompañar a Chris en su viaje final. Sí, hemos sido bendecidos. Gracias, Señor, por esta bendición, por dura que sea. Cuida de Chris, por favor, y de todos nosotros. Que podamos saludarlo nuevamente en tu reino.